Y entonces abrí los ojos.
No supe en ese momento donde me encontraba y pasaría mucho antes de que lo comprendiese. Así mismo, tampoco sabía cómo había llegado allí o qué hacía hasta ese momento. Ni siquiera recordaba mi nombre.
Me encontré de pronto en el suelo, boca arriba, mirando inerte el baile caótico de aquel cielo. Un cielo bañado completamente de un color amanecer. En él, como las venas del mármol más lujoso, se extendían desconcertantes jirones de tonos de un rojo más vivo que se retorcían entre sí. Bajo su inalcanzable existencia, nubes de verde tóxico se amenazaban mutuamente.
No obstante, aquel cielo se me antojó como el más normal del mundo.
Y con esa mirada de pasividad, me propuse ponerme en pie. Pero, para entonces, ya lo estaba. Advertí que el terreno seco en el que vagamente recordaba yacer era un piso de jaspe negro. Y aquella bóveda que se alzaba sobre mí, eterna, se cerró en forma de pasillo de talladas paredes de piedra gris y un techo de caverna; con un juego de columnas, talladas de la propia piedra, que guardaba el camino cada varios metros. Y la propia luz existía como simple residuo etéreo.
No obstante, era lo más normal del mundo.
Convencido de ello, seguí el camino en una de sus direcciones. Un vago recuerdo me sobrevino entonces, uno de esos deja vu que se dicen, de ese camino, de ese pasillo. Continué su recorrido cuán largo era, hasta vislumbrar su salida representada por una fuerte luz distante. Instado por alguna emoción que desconocía, mis pasos se convirtieron en zancadas y corrí con nerviosismo hacia esa luz. Mas nunca llegué, pues el suelo se abrió bajo mis pies a apenas diez metros de ella. Y caí. Caí junto a las losas que cedieron bajo mi peso, recibiendo sus golpes durante la larga caída. Una caída cuya acepción más cercana sería eterna, cercana, pero no exacta. El golpe fue brutal. Lo suficiente como para romper en dos cualquier persona. Yo no lo hice, pero el dolor me abrazó igual. Me desvanecí entonces debido a la agonía, y seguí sufriendo igualmente el tormento.
Lo más normal del mundo.
Tal vez hubiesen pasado cien años cuando, recién remitido del dolor, pude encontrar fuerzas para levantarme. Y por segunda vez, ya me encontré de pie. Sentí el cuerpo recuperado y sano en todo lo que físicamente se refiere, pero en mi mente, el recuerdo del sufrimiento aún estaba fresco. Ojeé a mi alrededor y me vi en un pasillo exacto al anterior, pero donde todo era antes negro, aquí era de blanco impoluto, y la luz ambiental que otrora fuera, se manifestaba como una sombra voraz que sumía todo bajo su manto ceniciento. Me encontraba pues de nuevo en un pasillo frente a la misma disyuntiva de que dirección coger. Elegí la contraria, pues otra vez ese deja vu me susurraba al oído que ya conocía ese camino. Y comencé entonces a buscar en aquella dirección la salida. Pero para cuando hube andado escasos 50 pasos, la tierra se sacudió. Todo retumbaba y se desgajaba bajo la fuerza del temblor; y un poderoso aullido emergió colosal por encima del bramar del terremoto. Intentando mantenerme en pie me apoyé en una de las paredes, buscando equilibrio. Aun así me di de bruces contra el suelo. Abandonada pues la idea de permanecer de pie, comencé a deslizarme como pude junto a las paredes, huyendo del aullido que penetraba en mi cabeza. Pero la fuerza de las sacudidas aumentó, y con ello descendió mi velocidad. El temblor continuó creciendo esporádicamente, hasta el punto en que un terror ante un horror desconocido me invadió y en la frenética vorágine de esquirlas y piedras en la que me encontraba, pude hallar el equilibrio para huir de aquello. Y el suelo paró en seco su movimiento, para comenzar de nuevo a los dos segundos. Una cínica mofa ante mí justo antes de que unas inmensas fauces circulares aparecieran de entre la oscuridad y no tardaran en alcanzarme y destrozarme con sus centenares de dientes.
Lo más normal del mundo.
Me desperté rodeado de un atronador crispar de engranajes oxidados. Me veía arrastrado en una vieja cinta transportadora rodeado de decenas de máquinas conquistadas por óxido. Las mordazas que me aprisionaban, estaban sencillamente clavadas a la cinta. Intenté deshacerme de ellas, pero era simplemente imposible. Traté de gritar en ayuda, pero sólo me respondía el chirriar de las máquinas, que parecía incluso que se reían de mí. Me abandoné pues desesperanzado a la suerte que mi transporte me tenía guardada. Primero un ruido lejano, un golpe. Después uno mas fuerte mucho más cerca. Cuando me dí cuenta, el peso enorme del martillo de una maquina trituradora cayó sobre mi cabeza.
Lo más normal del mundo.
Me encontré de repente corriendo en una casa en llamas. Mezclado entre el fuego normal, llamas negras surgían a mi alrededor para desfallecer en humo. Traté de localizar un punto por el que huir, una salida. Una salida. ¿Una salida a que? Siempre he intentado huir
¿huir de qué?
Y como de un flashback maldito surjo comprendiendo mi estado. Comprendiendo quién soy, y donde estoy: En el infierno. Comprendiendo la locura de mi tortura y la eternidad de veces que la he sufrido
y la eternidad de veces que me quedan por sufrir. Comprend
Y entonces abrí los ojos.
Me encontré de pronto en el suelo, boca arriba, mirando inerte el baile caótico de aquel cielo. Un cielo bañado completamente de un color amanecer















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